DAMASCO

La capital de Siria no fue siempre gris, lleno de escombros, suciedad, gritos de pánico, bombardeos, humo y tanques. Hubo un tiempo que tenía color, caras felices, familias felices y el cielo era azul.

Marl Twain decía de ella que no medía el tiempo por días, meses y años, sino por imperios que ha visto nacer y desmoronarse. Junto a la ciudad de Aleppo, podía presumir de ser la ciudad habitada ininterrumpidamente más antigua del mundo.

La imponente Gran Mezquita de los Omeyas una de las más antiguas y grandes del mundo en cuyo interior se encontraba el mausoleo de la la tumba de Salah El Din. Esta fue la mezquita que inspiró la construcción de la mezquita de Al Azhar del Cairo, la mezquita de Córdoba de España y la Gran Mezquita de Bursa de Turquía.

Los sirios son gente muy hospitalaria y el mejor sitio para ver y sentir sus gentes lo podíamos encontrar en el Zoco de Hamidiyé donde los ciudadanos de Damasco siempre te invitaban a tomar té y charlar sobre la familia, su bien más preciado.

En la capital siria y su provincia, la rosa de Damasco era omnipresente: adornaba jardines, cunetas y balcones, además de ser el símbolo de los damascenos. Y como ellos bien dicen la rosa de Damasco “solo volverá a la vida cuando termine la guerra”.

Además de su riqueza histórica

y arqueológica,lo que más nos impactó en

este país fue la convivencia tranquila y

respetuosa que se vivía entre las diferentes

religiones. En una misma calle en Alepo descubrimos

una iglesia católica, una ortodoxa, otra armenia

y entre ellas una mezquita.  Imposible olvidar

el colorido y el aroma de las especias

callejeando en los mercados de sus ciudades,

especialmente el zoco de Alepo, donde no

importaba perderse.

Juan Recio y Pilar Sierra