A 600 kilómetros de Trípoli, Ghadames, declarada Patrimonio de la Humanidad, fue durante siglos un enclave crucial para las caravanas que cruzaban el Sahara para llegar al Mediterráneo. La ciudad es un ejemplo de cómo la arquitectura, a base de estrechas y blancas callejuelas que en ocasiones están semicubiertas, se adapta a un medio tan hostil como el desierto para crear un ambiente que mitiga el tórrido calor sahariano.

Desde allí suele iniciarse la ruta hacia Ghat, en el sur del país, en un trayecto protagonizado por el desierto, donde las temperaturas son extremas (en El Aziziyah, se ha registrado la temperatura más alta de la historia, que fueron 58 ºC en septiembre de 1922) y la sensación de soledad puede llegar a ser absoluta, mientras se cruzan llanuras, se ascienden dunas y se recorren los cañones formados por la erosión. Durante esta ruta es posible sentir algo tan especial y único como el silencio de las noches del desierto, sin duda, una de las mejores experiencias que nos puede regalar la vida.

“Miren con atención este paisaje para estar seguros de reconocerlo, si viajan algún día por el desierto de África. Y si llegan a pasar por allí, les suplico que no se apuren y que esperen un poco, justo bajo la estrella ! Si entonces se les aproxima un niño, si ríe, si tiene cabellos dorados, si no responde cuando se lo interroga, podrán adivinar de quién se trata. Entonces, sean amables ! No me dejen tan triste: escríbanme pronto que ha regresado”

Saint Antoine de Exupéry. Fragmento del Principito