Es una comunidad con raíces y costumbres que se pierden en el origen de los tiempos. Huyeron de la persecución de los musulmanes y se asentaron en los acantilados de Bandiagara desplazando a otras etnias como los pigmeos y los tellem. El pueblo Dogon sigue sin luz eléctrica ni carreteras y se mantiene alejada del mundo gracias a la inaccesibilidad de sus poblados; es un lugar tan distinto a todo lo que conocemos que incluso se rigen por otro calendario, con semanas de cinco días.

En el País Dogon pasear por la falla de Bandiagara permite conocer pequeños pueblos, como Benimatou, con unas vistas panorámicas y un paisaje rocoso alucinantes, y Teli, situado a sus pies y lugar desde el que se pueden contemplar las antiguas casas de pigmeos.

También descubriremos su arquitectura, con sus graneros, altares, santuarios y lugares de reunión o “togunas”, y de qué viven sus habitantes, que se basan en los ciclos agrícolas y cultivan cebollas, mijo y arroz, con los que luego comercian en los mercados de Sangha, Kani-Kombolé o Badiagara.

Y no podemos dejar en el tintero al baobab: el árbol sagrado y mágico en el país Dogon. Cada familia tiene uno, del que extraen fibra; además, sus hojas tienen propiedades medicinales y sus frutos se utilizan para elaborar una salsa que suelen incorporar a los platos de mijo.

“La felicidad no se adquiere,

no reside en las apariencias.

Cada uno de nosotros la construye

en cada instante de su vida con su corazón”

Proverbio dogón, Mali